Cómo es el turismo en el Polo Sur – Viajar – Vida

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Hace dos años y siete meses, la enfermera sueca Johanna Davidsson, de 33 años por entonces, rompió el récord femenino de velocidad al esquiar, sola y sin ayuda, desde Hercules Inlet, en la costa del continente antártico, hasta el Polo Sur en 38 días, 23 horas y 5 minutos, el 24 de diciembre de 2016.

En ese extremo del mundo que tantos aventureros y exploradores, hombres y mujeres comunes y corrientes, ancianos y hasta adolescentes buscan para romper algún tipo de récord –deportivo o personal–, prácticamente no sorprende escuchar las marcas que cada uno ha batido para llegar. Hay tantos y tantas que lo han intentado o que lo han hecho que las historias pronto suenan un poco familiares. Muy lejanas a las travesías mortales de Robert F. Scott, Roald Amundsen o Ernest Shackleton, que intentaron conquistar esta masa de 14 millones de kilómetros cuadrados de hielo con lo que tenían puesto.

Y sí, puede que ahora, frente a esos nombres legendarios, los nuevos récords logrados con tecnologías del siglo XXI suenen hasta menos impresionantes. Pero todo cambia cuando uno escucha a una mujer como la sueca Johanna Davidsson en Terranova, la carpa-biblioteca que ALE (Antarctic Logistics & Expeditions, empresa que desde 2003 se dedica a entregar la logística para deportistas y personas comunes que quieran llegar al continente blanco y al Polo Sur) tiene en Glaciar Unión, en el corazón de la Antártida. Un lugar en donde las temperaturas alcanzan en diciembre los 10 grados bajo cero cuando hace ‘calor’, y que sirve de campamento para quienes llegan al hielo profundo a hacer cosas como investigar, subir el monte Vinson –de casi 5.000 metros y una de las famosas ‘siete cumbres’–, tirarse en paracaídas, esquiar los 111 kilómetros de la ruta del ‘Último grado’ –entre los paralelos 89 y 90– o pasar un día o una noche en el Polo Sur.

Davidsson, hoy guía de expediciones de ALE, abre su ‘laptop’ y cuenta cómo fue su travesía. Su voz, entre aterrada y emocionada, se escucha en el video autograbado el día en que el avión de ALE la dejó sola en el punto de partida de su viaje. En este, ella intenta apagar las velas mágicas –que nunca se extinguen, incluso en la Antártida– que le puso a su pastel el día que celebró su cumpleaños casi congelada en su carpa. Es ella tratando de curar las llagas vivas que aparecieron en su piel por el frío. Es ella, con el agua corriéndole por la nariz, llorando después de haber alcanzado ese hito geográfico llamado Polo Sur.

Cien, doscientos pasos

Bien lo sabemos, los que escuchamos, cada uno batallando su propia hazaña diaria: los cien pasos que hay que dar desde las carpas en que dormimos en medio del hielo de Glaciar Unión, con el indescriptible monte Rossman y los Ellsworth de fondo, hasta las cabinas habilitadas como baños, o los doscientos pasos que hay hasta las “duchas”, o hasta la carpa donde cada día comemos. Son cien, doscientos pasos que cuando la nieve cae con fuerza y viento se siente como agujas que se clavan con rabia en la cara y en las manos, no obstante los guantes. Entonces, uno piensa si vale la pena ir a comer, ducharse, al baño. No es fácil decidir. Quienes dormimos en las carpas lo sabemos. Lo supimos antes de llegar y lo sabremos días después.

Es la tercera jornada en Glaciar Unión, y todos estamos reconociéndonos. Después de cuatro días intentando fallidamente, por el clima, abordar en Punta Arenas el avión Ilyushin para llegar a la Antártida, los rostros de los que viajaríamos se hicieron familiares. Estaba el grupo de paracaidistas que quería saltar en la Antártica para cumplir su objetivo: lanzarse en siete continentes durante siete meses. Estaba el ingeniero austríaco Sebastian Schally, un hombre alto y rubio de 37 años, desesperado porque cada día de atraso significaba un día más para su regreso a casa en Viena, donde su mujer y dos pequeños lo esperaban para Navidad.

Hay artículos según los cuales los viajes de ALE son para millonarios que quieren vivir la experiencia de estar en la ‘Antártida real’ (para ellos, la península Antártica no es más que una parada turística). Schally, por cierto, no era uno de ellos: “Estuve juntando cinco años dinero para estar aquí”, me contó una noche en el restaurante Los Ganaderos de Punta Arenas. Estábamos ahí para una comida que ayudaría a aliviar la incertidumbre acerca de cuándo podríamos despegar, aunque el inglés Mike Sharp, uno de los cinco socios de ALE (los otros son Mike McDowell, Peter McDowell, David Rootes y Nick Lewis), había dado horas antes su palabra de que nadie se quedaría sin volar al Polo. La noche del día en que finalmente llegamos a Glaciar Unión –“noche”, por decirlo así: en esta época la Antártida tiene luz las 24 horas– brindamos con una cerveza bien helada, papas con salsa y una caja de Gato, único vino disponible.

Si no fuera por el hito ceremonial –ese espacio en donde están las banderas de las naciones con presencia en la Antártida– o por el hito del Polo Sur geográfico o por la base internacional Amundsen-Scott (así se llama en homenaje a los exploradores que llegaron acá –uno en diciembre de 1911 y el otro en enero de 1912–), esto no sería más que un manto blanco, liso, gélido. Más blanco, liso y gélido que ningún otro lugar.

He visitado muchos lugares, pero el Polo es el lugar más especial del planeta. No todos los lugares especiales tienen que ser hermosos, sino importantes

El Polo Sur es nada

Al Polo Sur llegamos a la mañana siguiente de nuestro arribo a Glaciar Unión, en un avión Basler para 16 pasajeros. Como el Polo se rige por la hora de Nueva Zelanda, de Glaciar Unión salimos a las 11 a. m. de un martes y llegamos a las 6 a. m. del miércoles, aunque el vuelo solo dura cuatro horas.

El Polo Sur no es nada, pero también es todo. Para el grupo de chinos que viene en el avión con nosotros es un cúmulo de caras emocionadas y miles de fotos. Para el matrimonio inglés que viaja con la madre de ella (Bárbara, de 90 años), bajar del avión significa un hito: acá se reunirán con sus dos hijas adolescentes, que vienen esquiando la ruta del ‘Último grado’ junto al famosísimo aventurero inglés ‘sir’ David Hempleman-Adams. Cuando lo hagan, batirán uno de esos codiciados ‘récords’: se juntarán la niña más joven y la mujer más anciana en pisar, en un mismo año, el Polo Norte y el Polo Sur. Mientras, el médico John Apps está preocupado de que ninguno de sus vigilados sufra hipotermia: a pesar de las cinco capas de ropa térmica, especial para estar aquí, el frío duele. Pero tenemos un momento para hacer una visita a la base Amundsen-Scott, que más que estación científica parece el edificio de una cofradía universitaria con salones llenos de libros, películas y lápices de colores para pintar mandalas.

Luego del circuito dicen que tenemos un par de horas para recorrer. Poco más allá se divisa un campamento de ALE con carpas naranja para recibir a esquiadores que hacen ‘Último grado’ o pagan por quedarse aquí, en el Polo Sur, durante la noche. No es nuestro caso. A estas alturas, la idea es tomar la foto de rigor, con el rostro tapado por los tres gorros, las gafas y pañoletas que llevamos. Una foto manida, pero que para quienes están aquí de paso tiene un valor inconmensurable: la prueba definitiva de que estuvieron en una tierra en la que muchos murieron en el intento por conquistarla.

En este viaje, hay que repetir, no solo hay millonarios. También, quienes buscan cumplir un sueño. Como Elva Johnson, australiana de 83 años que quiere ser la mujer más anciana en visitar los polos Norte y Sur el mismo año. Con el paso de los días, Elva se ha convertido en uno de los personajes más importantes de esta especie de ‘show’ de telerrealidad en que se ha convertido el campamento. Elva es una pieza clave del “programa”: casada, con cinco hijos, un día a los 59 años, sin haber hecho más que ser esposa y madre, y con su marido enfermo, escuchó a su médico decirle que la única forma de escapar de la pena era viajar. Y viajar sola. Viajar para sobrevivir. “He visitado muchos lugares, pero el Polo es el lugar más especial del planeta. No todos los lugares especiales tienen que ser hermosos, sino importantes. No siempre tienes que encontrar belleza en todo. Probablemente no me quede mucho tiempo más para vivir. ¿Por qué no seguir mi sueño?”, dice.

Entonces, parece que uno entiende. El Polo Sur no es un hito geográfico. No es estar en el lugar más remoto del mundo. No es llegar a él, sino el camino. El Polo Sur es una hermosa incertidumbre. Una inasible esperanza. Tan vasta como el hielo que cubre su superficie. Y ahí está, quizás, lo que año a año atrae a más gente. Más allá de los récords. Más allá del dinero. Más allá de todo.

Cinco récords en la Antártida

Debajo de 45 grados

21 de Julio de 2017. Lisa Blair se convirtió en la primera mujer en circunnavegar la Antártida en solitario por debajo de 45 grados. El registro fue ratificado por el World Speed Sailing Record Council. Blair completó el viaje en 183 días, 7 horas, 21 minutos y 38 segundos en su yate Climate Action Now.

Primer concierto

7 de julio de 2007. Un grupo llamado Nunatak, integrado por cinco científicos de la estación de investigación Rothera en la Antartida británica, tocan el primer concierto de la historia en la Antártida, para el evento Live Earth Antartica, ante un público de 17 personas y retransmitido a todo el mundo.

Conquista una cima

3 de Diciembre 1986. El escalador italiano Reinhold Messner, de 42 años, batió un récord en la historia del montañismo, al conquistar la cima del Vinson, de 5.140 metros, la más alta de la Antártida. Fue el primer hombre en escalar las 14 cimas que superan los 8.000 metros, en el Himalaya.

Primera en cruzar sola

22 de Enero de 2012. Una aventurera británica, Felicity Aston, se convirtió en la primera mujer en cruzar la Antártida en esquí y en solitario, tras completar la travesía de más de 1.700 km en 59 días. La proeza de esta mujer de 33 años fue anunciada en un mensaje a través de su cuenta de Twitter.

Velocidad en esquí

24 de Diciembre 2016. Hace dos años y siete meses, la sueca Johanna Davidsson, de 33 años en ese entonces, rompió el récord femenino de velocidad al esquiar, sola y sin ayuda, una distancia desde Hércules Inlet, en la costa del continente antártico, hasta el Polo Sur, en 38 días, 23 horas y 5 minutos.

MAGDALENA ANDRADE N.
EL MERCURIO (Chile) – GDA





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