Cómo llegar al nevado del Tolima, Colombia – Viajar – Vida

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Fiel a una inveterada costumbre de todos los años de mi vida caminante de vivir las bulliciosas festividades de fin de año “lejos del mundanal ruido”, como decía el poeta, ya fuera en montañas, selvas o desiertos, esta vez escogimos una vez más los altos predios del nevado del Tolima. Mi idilio con el nevado comenzó en los años sesenta, cuando ascendí a su cumbre decenas de veces y lo hice con los amigos del Club de Montañismo de San Luis de Cali, club que fundé en esa época.

El vehículo abandonó las ardientes llanuras del Tolima y trepó en dirección a Anzoátegui. Este pueblo, “paraíso escondido entre nubes”, hace honor a su lema. Está bellamente emplazado en un filo de la montaña a 2.010 metros sobre el nivel del mar, tiene una iglesia hermosa, flota en el pueblo un hálito de alegría y trabajo. Un dorado monumento en la plaza rinde honores al arriero y a la mula cafetera. Abundan las mulas y los entrañables jeeps Willys de las fincas cafeteras. Además del café, el municipio tiene inmensos cultivos de tomate de árbol en las laderas de las montañas.

Abandonando Anzoátegui, seguimos por carretera a la vereda de El Palomar. Esta vereda, ubicada a 2.800 metros, está habitada por gente amigable que ofrece y acompaña cabalgaduras para fincas vecinas donde los turistas pueden alojarse. Avanzando por un tramo de carretera pavimentada, a 1,3 kilómetros se llega al valle de Amberes.

Paisaje de páramo con sus característicos frailejones.

Nevado Tolima

Valle de Amberes.

Bajo la gravedad de todas las emociones y de todos mis caminos por Colombia, declaro que este valle llamado de Amberes es uno de los más bellos de Colombia, un valle de idílica belleza: los bosques, los prados, las colinas onduladas, las líneas de árboles, el río, las casitas, todo parece haber sido hecho primorosamente por la mano de un semidiós.

Allí se encuentra la Villa San Sebastián que es la hermosa cabaña-hotel del matrimonio formado por Diego Torres y Yeimi Ávila, amables, trabajadores y acogedores. Lugar ideal para pasar unos días de paz y descanso, respirando aire puro, en silencio y hundido en la majestad del paisaje que domina el cerro llamado Teta de Juan Beimas, objeto de leyendas indígenas.

Diego nos llevó a recorrer todo el valle avanzando en suave ascenso hasta dejarnos en La Punta, lugar donde iniciamos a pie el camino de la montaña.

Las cabalgaduras llevaban los morrales más pesados. Fueron siete horas de ascensos y descensos, entre prados, bosques y valles poblados por miles y miles de frailejones. Cada rincón, cada vuelta del camino era una epifanía de olores agrestes y de sonidos del viento y de los arroyos que vadeábamos; y en ocasiones, de pájaros que parecían saludarnos. Aquello era vida.

Un largo descenso nos llevó a Indostán cuya casa estaba abandonada. Varias travesías más, y llegamos al fin de la jornada a La Escuela, una bella casa en ángulo recto con las paredes pintadas con animales de la región: osos, águilas, zorros, pájaros, tigrillos.
Sentados al lado del cálido fogón, como se hace en las casas campesinas de los páramos, escuchamos las historias que Flor María y Jorge, su esposo, nos contaban sobre los encuentros con los osos frontinos y las dantas de páramo. Fue una Navidad inolvidable al calor campesino de fogón paramuno con gente querida y acogedora, a 3.300 metros sobre el nivel del mar.

Al día siguiente nos levantamos temprano, pues el nevado del Tolima (5.215 m. s. n. m.), a cuyos pies se encuentra La Escuela, estaba incitante, totalmente despejado. De todos modos daba pena verlo tan descongelado. Solamente un casquete de nieve cubre su cima, de resto son paredes de roca.

El nevado parecía reclamarnos el calentamiento global. Así y todo, contemplarlo era emocionante. Nuestras cámaras fotográficas no cesaban de trabajar, especialmente cuando una nube a manera de cinta lo rodeó por debajo como para enlazarlo.

En La Escuela estudian 5 niños que vienen el lunes y se van el viernes, igual que la maestra. Viven muy lejos en esas montañas. Cerca de La Escuela pasa un río que 300 metros abajo se precipita formando una cascada de 100 metros. Yeiner, el hijo de Flor María y Jorge, nos acompañó a la cascada, que tiene un escabroso descenso vertical por rocas y raíces. Estamos en los dominios del parque de los Nevados, y la ruta que vamos siguiendo es una de las utilizadas para subir al volcán.

El sol estuvo generoso hasta media mañana, y entonces partimos hacia los termales de Cañón. El camino de montaña va subiendo lenta pero implacablemente; el volcán se despeja por ratos y nos muestra los espolones rocosos que llegan casi hasta la cima; hay uno al que yo llamé El Gusano, y así quedó. Creo que fue en un artículo de la revista Campo Abierto.

El sol se asoma por ratos y se encarga de calentarnos. La cumbre de la belleza paisajística de la excursión ocurrió este día cuando atravesamos un largo valle poblado de frailejones. Podíamos decir que no cabía uno más, que se codeaban los unos con los otros.

Wilfredo Garzón, que había hecho esta excursión tres meses antes con la famosa alpinista española Chus Lago, me había hablado de la emoción al atravesar este valle. Nos detuvimos a gozar del paisaje, en absoluto silencio, como caminamos siempre. Allí, como en toda la excursión, vivimos el ruego de Teilhard de Chardin que es clave en mi vida de caminante de la naturaleza: “Dejadme sentir la inmensa música de las cosas”.

Pasamos por El Boquerón, a 4.033 metros sobre el nivel del mar, y llegamos a los termales de Cañón. Un baño caliente a estas alturas no viene mal. Wilfredo Garzón, Diego Castro y Carlos Castañeda subieron a la cumbre del nevado. Nosotros los esperamos. Y emprendimos el regreso.

Desde los termales de Cañón hasta la finca Vancouver, bajando despacio, tardamos 2 horas y 45 minutos. El volcán parecía jugar con nosotros, se despejaba y se cubría. No era época de floración de los frailejones, pero los que la habían adelantado brillaban con sus espléndidos amarillos cuando el sol los alumbraba.

La casa de Vancouver es muy acogedora y tiene corredores en todo el derredor. Los dueños, Freddy Valencia y Martha Carvajal, nos recibieron con mucha alegría. Aguapanela y tinto calientes con queso. La casa se encuentra a 3.400 metros y también tiene vista al nevado.

Al día siguiente fuimos a ver dos preciosas lagunas escondidas entre picos, y Giovani Castro fue a fotografiar la laguna Bomboná y a navegar con los kayaks que había llevado. La laguna es una de las más grandes entre las muchas que hay en el páramo.
El descenso de Vancouver a La Punta nos llevó cuatro horas. Allí nos esperaba Diego Torres en su camioneta, y nos bajó hasta Anzoátegui. Llegamos en día de mercado. Los arrieros traían sus bultos de café y de arracacha y compraban el mercado. Anzoátegui nos encantó. Allí habíamos dejado la camioneta que nos trajo hasta Bogotá.

Alguien dijo: vivir no vale la pena, haber vivido es lo que importa.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Para EL TIEMPO



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