El cierre del Museo de las Noticias amenaza la democracia – Arte y Teatro – Cultura

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Las largas filas frente al majestuoso edificio de Pennsylvania Avenue 565, en Washington, revelaron un cambio a la víspera de Año Nuevo en la capital de los Estados Unidos. Entre el Capitolio y la Casa Blanca, miles de personas desafiaron el frío del invierno para ingresar por última vez al Newseum, el Museo de las Noticias, que definitivamente cerró sus puertas el 31 de diciembre de 2019.

Después de casi 12 años contando al mundo algunos secretos del periodismo y las historias de personas que hicieron historia, la velocidad de la información fue más rápida y Newseum se vio obligado a vender el edificio para pagar las cuentas. Afortunados los más de 10 millones de visitantes que pisaron el museo desde el 11 de abril de 2008, desafortunados quienes nunca lo verán. Cerca –a unas 10 cuadras– está la sede de ‘The Washington Post’. Todos los días, el Post publica justo debajo de su logotipo: “Democracy Dies in Darkness (la democracia muere en la oscuridad)”. Sin el Museo de Noticias, esta amenaza es aún más real.

Quizás el error del fundador, Al Neuharth, fue elegir la capital de Estados Unidos para albergar el Newseum. Washington es famosa por docenas de actividades culturales gratuitas, por lo que no todos los visitantes pagarían hasta 25 dólares por un boleto. Neuharth también fundó el diario ‘USA Today’ en 1982, pero para el Newseum soñó con un lugar totalmente interactivo donde, hablando de la libertad, el visitante se “contaminaría” de periodismo. Obtuvo el apoyo de los principales grupos de medios de Estados Unidos y con 600 millones de dólares nació el museo.

Sin embargo, los tiempos han cambiado, las empresas ya no quieren la responsabilidad de financiarlo y los ingresos de las entradas pagan los costes. Ahora, la Universidad Johns Hopkins acordó pagar 372,2 millones de dólares por el edificio. El problema es qué hacer con la colección.

El edificio de la Avenida Pennsylvania (la ‘calle principal de los Estados Unidos’, según los políticos estadounidenses) comenzó a construirse en 2002 como un proyecto del arquitecto James Stewart Polshek y el diseñador Ralph Appelbaum. La idea del Freedom Forum –fundación que dirige el museo– era construir un espacio para valorar las libertades. Pero es el periodismo lo que brillaba en Newseum. ¿Dónde más se pueden ver más de 100 fotos ganadoras del Premio Pulitzer juntas? ¿Dónde más están las portadas de los momentos históricos del mundo, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la elección de los papas?

Además, con el cierre del Newseum, las portadas de docenas de periódicos de todo el mundo (incluido EL TIEMPO) ya no cubren la calle todos los días. Al menos, su plataforma digital (www.newseum.org) sigue publicando más de mil portadas de periódicos diarias, entre ellas 10 de Colombia.

Una de las grandes ideas de Al Neuharth fue poner en piedra, ocupando el equivalente a cuatro pisos de la fachada, 45 palabras gigantes con la primera enmienda de la Constitución de 1791 de Estados Unidos que consigna las libertades individuales. Y ya que el patriotismo es característico del país, el Newseum sumó puntos. De hecho, dedicó un ala entera a los 5 derechos de libertad.

Los nuevos propietarios del edificio aún no han garantizado que permanecerá esta fachada. Lo que sí salió del edificio fue un pedazo del Muro de Berlín, además de una de las torres de vigilancia que controlaba los intentos de escapar de Berlín Oriental a Berlín Occidental. También salió el bolígrafo Montblanc que regaló Tom Johnson, entonces presidente de CNN, a Mikhail Gorbachev, el primer presidente de la Unión Soviética; el bolígrafo con el que firmó sus últimos actos. Y despacharon la escultura de piedra de Lenin, del artista A. S. Charkin, que regresó por la ciudad de Tevriz (Rusia) una vez que el régimen estaba cayendo.

La colección ahora está almacenada, intacta, en dos espacios: almacenes en las afueras de Washington, bajo el cuidado del Freedom Forum, que espera algún día construir otro Newseum, y en el Club Nacional de Periodistas, también en la capital. Un proyecto de la fundación incluye exposiciones con partes de la colección de varias ciudades del mundo, pero no será lo mismo. “Es muy triste ver este museo cerrar las puertas. Es nuestro hogar. Es un lugar que todo ciudadano del mundo debería conocer”, dijo la recepcionista Nancy Thompson, quien trabajó 11 años en Newseum, casi llorosa. Nancy tiene razón. Nadie dejaba aquellas salas de la misma manera que entraba.

Una de las fibras que tocaba el museo era la caída de las Torres Gemelas. Estaba expuesta la enorme antena que reposaba sobre la Torre Norte y que sirvió como base de transmisión para todos los canales de televisión de Nueva York. Al lado de la antena deforme estaba la historia de Bill Biggart, el fotógrafo independiente que en la mañana del 11 de septiembre corrió de su casa con su equipo cuando escuchó el choque del avión en la primera torre, fotografió sin miedo hasta que la Torre Norte se derrumbó y murió bajo los escombros. Sus fotos son las imágenes más cercanas de la tragedia y reposan junto a la cámara destrozada con los lentes sucios y lo que queda de su placa de reportero fotográfico. Fue el único periodista que murió aquel día.

Los nombres de otros 2.344 periodistas asesinados mientras trabajaban (incluidos colombianos como Paúl Rivas Bravo y Juan Javier Ortega Reyes, de EL TIEMPO, muertos en 2018) estaban en el Memorial de Periodistas.

Al lado, el mapa de la libertad de prensa con criterios claros y transparentes. Resulta que Colombia recibió el concepto 57/100, que la ubica en el grupo de países con libertad de “prensa parcial”, solo en el puesto 120 en el ‘ranking’ de países con mayor libertad de prensa. Nicaragua, Bolivia y Haití, por ejemplo, están mejor posicionados. Ahora, estos datos solo se encuentran en digital.

“Un estudiante atento podría caminar por el Newseum y abandonar el edificio como un mejor ciudadano. La historia de las naciones a menudo tiene el coraje de un pueblo decidido a ejercer el derecho a la libre expresión. Muchas veces estos héroes eran periodistas”, señaló el exeditor de ‘USA Today’, Ken Paulson, quien fue durante años presidente del Newseum.

Los niños y adolescentes se alineaban para aparecer ante la cámara y leer noticias como si estuvieran en un noticiero, experimentando la emoción del periodismo.

También se deslumbraban con ejemplos de grandes reporteros como Nellie Bly, la primera periodista de investigación en Estados Unidos, en 1887, cuando la investigación era asunto de hombres.

A los 23 años, Bly fingió perder la memoria para ingresar en el hospital psiquiátrico BlackWell Island de Nueva York. Tras 10 días de experimentar los horrores del lugar, fue rescatada por el director de ‘The New York World’, Joseph Pulitzer, y escribió una historia icónica denunciando la barbarie de los tratamientos psiquiátricos.

Un estudiante atento podría caminar por el Newseum y abandonar el edificio como un mejor ciudadano

Crítica y autocrítica

También hubo críticas al trabajo de la prensa. Algunas muy profundas, como el análisis de cobertura ácida del ‘New York Times’ sobre el surgimiento del nazismo, la guerra contra los judíos y las acciones de Adolf Hitler. Pues hasta que Japón bombardeó la base de Pearl Harbor frente a la costa de Hawái en diciembre de 1941, el lector del Times apenas sospechaba que un líder en Alemania estableciera un modelo de campo de concentración para confinar a judíos. No era noticia, según sus editores. La noticia principal era sobre la sociedad estadounidense, mientras que la muerte de un millón de judíos por la cámara de gas apareció en una pequeña nota oculta.

Las críticas al comportamiento editorial de ‘The New York Times’ durante el período nazi fueron más allá en los estudios de la investigadora Deborah Lipstadt, de la Universidad Emory, en Georgia (EE. UU.). “Ocultar las noticias del holocausto fue un reflejo de esa época”, advirtió.

Asimismo, mostraban cómo la televisión fue protagonista en la guerra de Vietnam, especialmente en la década de 1960. Las imágenes grabadas en Saigón y los campos de batalla entraron en las casas de los estadounidenses sin pedir permiso. Era la época de las noticias y la aparición de los grandes presentadores.

Mientras gobernaba el patriotismo y las fuentes puramente oficiales de los Estados Unidos fueron seguidas sin cuestionamientos, la percepción de los ciudadanos estadounidenses era que el país estaba masacrando a Vietnam. Y la victoria solo sería cuestión de días. Hasta que el noticiero de CBS tomó una postura más crítica, especialmente a través de la voz de su presentador Walter Cronkite.

Las protestas por la salida de la guerra crecieron. Le ganó la desesperación al entonces presidente Lyndon Johnson, quien llegó a admitir: “Si pierdo a Walter Conkite, pierdo a Estados Unidos”.

El movimiento de fin de guerra comenzó a dominar. Figuras públicas como Mohamed Ali desertaron. Aparecieron manifestaciones como ‘flower, power’, agravadas por el asesinato del líder negro Martin Luther King, por ejemplo. Todos los medios fueron muestra de que Estados Unidos estaba hirviendo. Finalmente, antes de que el presidente Richard Nixon anunciara la salida de la guerra, el mismo Cronkite se despidió en un noticiero definitivo sobre Vietnam: “Hemos llegado al final del túnel. Y no hay luz”. En ese entonces, la prensa mostró su fuerza y los estadounidenses abandonaron Saigón. Sin Newseum, estas historias, donde persistía la voz del pueblo, ya no tendrán lugar.

Evolución de los medios

Uno de los enemigos de un museo de noticias –algo perenne, difícil de evolucionar– es el tiempo, que se mueve constantemente. Tiempo y tecnología. El enorme panel de portadas en el vestíbulo principal es viejo. Hoy sería en 3D y HD. No se hacía referencia a las redes sociales y su poder mediático e informativo, ni siquiera al uso que les dan políticos como Donald Trump, por ejemplo.

Es decir, el Newseum parece un museo anticuado y difícil de evolucionar. “Si el museo se hiciera hoy, sería muy diferente”, argumenta David Price, periodista y guía turístico de Newseum. Para él, la velocidad de la evolución de las herramientas periodísticas es imposible de seguir en un espacio físico como un museo. De cualquier manera, su cierre dejará un vacío para todos los que creen que no hay sociedad justa sin prensa libre. Especialmente en tiempos en los que se exigen derechos a gobiernos autoritarios, que no siempre están de acuerdo con la anterior máxima. La noticia, nuevamente, enfrentará la oscuridad.

EDUARDO TESSLER
Especial para EL TIEMPO
Washington (EE. UU.)



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