Katmandú, el hogar de la diosa viviente – Viajar – Vida

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Veo los Himalayas. Ahí está: el Everest, la montaña más alta del mundo con sus 8.488 metros, aparece en la ventana de la avioneta. La sensación es sobrecogedora: como si los dioses extendieran un tapete de nubes en la puerta de su casa.

Aterrizamos en Katmandú, la capital de Nepal. Es la última parada de esta travesía y tenemos poco tiempo. Visitamos el Palacio Real en donde habita la más importante Kumari de Nepal. Se trata de una niña elegida por los sacerdotes y, según la creencia hinduista, es una de las reencarnaciones de la diosa Taleju. Una vez tiene su primera menstruación pierde su estatus de diosa y debe integrarse a la sociedad nepalí. Enseguida se inicia la búsqueda de la nueva Kumari.

Recorro la plaza Durbar, patrimonio de la humanidad. Estos días celebran una festividad y tengo la suerte de ver las representaciones de Shiva, que suele permanecer cubierta. Devotos tocan la campana para avisar al dios que llegaron. Se acercan para hacer sus preces y siguen su camino.

Son 365 escalones los que conducen a Swayambhunath o templo de los monos, el templo budista más antiguo de Katmandú y del mundo. En lo alto de la estupa (monumento budista), los ojos de Buda miran hacia el norte, el sur, el este y el oeste desde lo más alto del valle. Ahí están desde el siglo I de nuestra era. Y aunque es un templo sagrado para los budistas tibetanos, es también sagrado para hinduistas.

El tiempo se acaba y es corto en Patan, una ciudad del siglo XIII ubicada a 6 kilómetros de Katmandú. Los templos hinduistas que resistieron el terremoto del 2015 están llenos hoy. Se oyen cantos y sonidos de campanas. Mujeres vestidas con saris se tocan la frente y tocan la figura de la deidad. Visito el monasterio budista y descubro un patio interior. Durante muchos siglos vivieron allí los sacerdotes, los gobernantes y los monjes. Aunque afuera está el ruido constante de los pitos de vehículos, adentro reina el silencio.

Contemplo la ciudad. El silencio. Se acaba el tiempo. Llueve y debo salir. Tengo la certeza de que pasarán los años y, visto a la distancia, solo podré recordar este viaje como se recuerda un sueño.

Natalia Noguera
VIAJAR



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